Algunos escolares de Pisiga Bolívar prefieren irse a estudiar a Colchane

UniBolivia

Rolando Apaza, de 13 años, quedó maravillado cuando su amigo Edison le contó cómo estudian en Colchane, Chile. Por eso es muy probable que se sume a otros niños y jóvenes de Pisiga Bolívar, al oeste de Oruro, que cada año cruzan la frontera y dejan Bolivia.

El abandono en el que se encuentra el colegio Libertador Simón Bolívar, donde estudian 62 jóvenes, se evidencia nada más al ingresar al establecimiento. Las puertas están rotas, las ventanas no tienen vidrios completos, los techos tienen huecos, y es en esas condiciones y bajo 10 grados centígrados que deben pasar clases los alumnos de este poblado.

“A mi amigo Edison le dieron una computadora allá, donde además hay un internado”, cuenta Rolando, que estudia en séptimo A del Bolívar.

A unos metros de él, su compañera Keyla Véliz cree que no es mala idea irse a estudiar a Colchane. “Muchos lo han hecho, además allí tienen una biblioteca grande”, dice la adolescente.

La profesora Olimpia Villca Altamirano no los culpa. “Es por las condiciones de infraestructura que tiene nuestro colegio. Aquí lo poco que tenemos lo han hecho los propios padres de familia”, señala la maestra y muestra el laboratorio de computación donde hay tres equipos.

“En los techos hay incluso ratones”, añade por su lado la maestra Beatriz Luna. “En Chile dice que hay calefacción en las aulas de los estudiantes”.

El comunario y ex corregidor Luis Colque cree que al menos siete alumnos de 10 se van a Chile. “Muchos de mis familiares están allá. Además, con cuatro años de residencia puedes nacionalizarte y ya eres chileno”, explica.  Una muestra de ello es que cada 6 de agosto, cuando se celebra la independencia de Bolivia, muchos compatriotas con acento chileno llegan a Pisiga Bolívar para los festejos patrios.

Otra de las poblaciones vecinas es Pisiga Sucre, a unos metros de la capital fronteriza ubicada a 240 kilómetros al suroeste de la ciudad de Oruro.

Unidad de ocho aulas

Junto a la directora del colegio Simón Bolívar, Nilda Villa, trabajan siete profesores. “Tenemos ocho aulas, pero como están ahora, son totalmente antipedagógicas”, sostiene Villa.

Un distrito de Sabaya que  se halla en el abandono
El abandono al que está condenado Pisiga Bolívar se debe, de acuerdo con el secretario general de esa subalcaldía, Efraín Calani, a que no son municipio. “Dependemos de Sabaya y deberíamos ser municipio para tener recursos y al menos pavimentar nuestra principal plaza”, manifiesta.

Luis Colque, ex corregidor, revela un dato adicional: “Para colmo de males, dicen que han congelado las cuentas de Sabaya y eso nos perjudica más todavía”.

Pisiga Bolívar fue en sus inicios un lugar de pastoreo, y ahora lo sigue siendo, pero al ser una zona franca, todos los días esta región vive del comercio, en el que trabajan al menos unos 200 estibadores y unas tres agencias aduaneras.

La carretera Pisiga Bolívar-Huachacalla aún no está terminada y los pobladores dicen, esperanzados, que una vez que eso se termine, habrá mejores días para sus niños y jóvenes. “Yo quiero estudiar en La Paz, pero si habría una universidad cerca de Pisiga, con un internado, me quedaría aquí”, esboza su deseo la estudiante Maribel Blanco, de 13 años.

Ella estudia todos los días bajo una temperatura de 10 grados centígrados, sin calefacción y a 3.800 metros sobre el nivel del mar, un sitio en el que los hijos de los guardianes de la frontera esperan más atención del Gobierno.

La diferencia con la localidad chilena de Colchane es notoria. Allí hay servicios básicos y la educación tiene mayor atención de parte de las autoridades de su gobierno, admiten los pobladores de Pisiga Bolívar.

La Razón


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